“Por fin es viernes”.
Es la frase que se está
repitiendo una y otra vez desde el momento que decidí que había
terminado el examen. Era el final de una semana infernal, plagada de exámenes
globales, dos por día. Sí, mi instituto pretende
matarnos, ¿la razón? Ni idea, pero se que
quiere tenernos fuera del mapa.
Me miro una vez más al
espejo del baño y noto que me falta algo, no estoy todavía lista.
Hago un cheque mental: Ojos negros, piel lisa y perfecta, labios… labios
normales. He ahí el fallo. Una mujer sin los labios rojos no es una mujer.
Si quieres estar completa el carmín rojo sangre debe estar
suavizando los labios. Y así lo hago, pongo un poco
sobre mis labios y después lo extiendo.
Acabado.
Me suelto el pelo y dejo que se
acomode dando ese aspecto felino que tanto me gusta, soy una león, y
como todo rey de la selva necesito mi corona, mi melena.
Salgo del baño y cojo
el bolso y la chaqueta, roja. A juego con mis labios.
-¡PAPÁ!- grito
para que me pueda escuchar toda la casa. -¿Me puedes dar un poco de
dinero?
Escucho un carraspeo procedente de la
planta alta y seguido la voz grave y tronante de mi padre:
-Sí, coge
un billete de la cartera.
Que apetecible es escuchar esas palabras… Felizmente voy hasta su cuarto y rebusco en su
cartera, había tres billetes, dos de diez euros
y uno de veinte. Cojo el de veinte, total, no me lo voy a gastar. Pienso
ahorrarlo para comprarme discos. Tengo un pequeños fondo, ya tengo ciento setenta y cinco euros, me siento muy
orgullosa de mí misma por haber ahorrado todo eso,
y solo desde principios de año. Soy
una gran ahorradora.
Finalmente cojo mis Doc. Martens, mis tan amadas, deseadas y
preciosísimas Airwairs, las quiero más, casi, que a mi propia madre, es broma. Eso creo.
Una vez vestida completamente, de rojo y negro soy capaz de
pensar con claridad.
Miro el reloj, las seis menos diez.
Perfecto, voy con el tiempo de sobra. Cojo una tosta de arroz y
salgo a la calle, no sin antes gritar un “¡ADIOS!”
desde la entrada a toda la urbanización,
para que después no digan que desaparezco sin
decir nada. Cuando el sol me da en los ojos bajo las Ray Ban negras que tenía reposando en lo alto de la cabeza y me siento al fin
completa.
He nacido para llevar estas gafas.
He nacido para vestir de rojo.
He nacido para ser quien soy en estos segundos.
Lentamente escojo una canción del
reproductor de música, escojo “King of Contradition”
de Sum 41. Mis labios dibujan una ligera sonrisa sé que mi madre odia mis gustos musicales, según ella escucho “música
satánica”, y son sus palabras
textuales. Realmente la única
que entiende mis gustos personales es mi mejor amiga, nos conocimos hará
nueve años y desde que nos vimos
por primer vez nada ha sido igual. Nos miramos a los ojos y lo reconocí. Mi corazón supo
que esa persona iba a estar en mi vida por el resto de mi existencia. Y acerté. Por ahora.
Ya casi he llegado a la plaza, esa plaza donde quedamos todos lo
viernes del año. Siempre. A las seis en la plaza.
Si no quedamos ahí, no es una quedada. Hay un grupo
de cuatro. Cuando me acerco ellos se giran y me miran. Realmente me incomoda
mucho que la gente me mire, siempre he estado bastante rellenita, aunque otros
niños prefería
usar otras palabras más
desiguales pero yo soy más
fuerte que ellos, lo sé.
El pequeño
grupo que me espera está
formado por tres sujetos masculinos y uno femenino, la cual, cuando me acerco,
pone una pequeña cara de asco, de la cual cree que
no me doy cuenta, pero sí que
me doy cuenta. Será subnormal. Ella sí que me da asco a mi, tabla de planchar repelente, que
es más tonta que el cubo de la basura.
Si me tiene envidia porque visto de madre que se lo trague, o que aprenda a
vestirse de forma original, ella siempre va con las modas del momento. Ella se
llama Polly y lleva los calcetines por encima del pantalón. Lo que me parece una de las modas más malas del mundo porque en teoría los calcetines son ropa interior, y la ropa interior
se lleva DEBAJO de la ropa. Menudas modas más estúpidas y sin sentido.
El resto son chicos, entre ellos se encuentra mi mejor amigo, es
la persona más maja del mundo, hace unos dos años creí
que me gustaba, pero
ese cariño era en verdad cariño fraternal y ahora solo lo veo como un hermano, me es
imposible verlo de otra manera. Él es
Sly. Lleva el pelo larguillo, nosotros le chinchamos diciendo que lo tiene a lo
Bieber, pero en verdad Bieber lo tiene más
bonito, pero es mi amigo así que a
Sly le queda mejor y punto. Los otros dos son del colegio, lo se porque sus
caras me suenan, pero no se me sus nombres, así que supongo que no serán tan
importantes.
-Hola. –digo cuando estoy formando parte del círculo, lo dos chicos extranjis se acercan para darme
dos besos y yo se los devuelvo, no quiero ser descortés, pero a Polly ni me acerco y Sly ni se molesta en
darme dos besos. Él sabe de sobra que no me gusta
eso. Cuando te das besos con la gente como saludo parece como si no nos hubiéramos visto en la vida, y nos hemos visto hace unas
horas. Y, ¿despedirse con dos besos? Otra chorrada,
como si me fuera a morir o a irme para siempre y no nos fuéramos a ver nunca más. Chorradas de adolescentes hormonados, y ya está.
-¿Qué tal todo?- me pregunta Sly a modo de saludo, con una sonrisa
torcida, esa sonrisa torcida que tanto me gusta, no se si alguna vez se lo habría dicho, pero me encanta. Me da la confianza necesaria
para sonreírle. Y así lo hago.- Hoy te has puesto muy guapa, mucho, mucho. ¿Alguna cita importante que no me hayas contado?
Yo sonrío aún más y le contesto sin parar de sonreír:
- Contigo, guapo.- y acompaño la
frase con un movimiento de cejas muy “erótico”,
pero que resulta cómico en ese momento.
Ambos estallamos en carcajadas, el resto nos mira como si fuéramos de otro planeta, y lo somos. Somos de esa
galaxia en la que la gente estirada y sosa, como ellos no existe, lo que pasa
es que nos echaron por ser demasiado divertidos y vinimos a esta galaxia para
tocar un poco las pelotas.
- La verdad es que pareces una famosa.- dice una voz a mi
espalda.
Cuando me giro puedo ver a Adam justo a mi espalda, bueno ahora
estaba justo en frente de mí.
- Hola.- decimos los dos a la vez y nos reímos a la vez.
Por su espalda veo acercarse una chica bajita pero con curvas de
infarto y unos ojos que quitan la respiración si los miras más de tres
milésimas de segundo. Ella me ve y sonríe. Como se nota que hemos terminado los globales,
estamos todos felices cuales perdices.
Adam nota que miro a su espalda y se gira. Y la ve. No puedo ver
su cara pero se que sus ojos se han iluminado y que el esplendor de su sonrisa
compite con ese brillo. Se puede leer el amor en su rostro. El de ella es
igual. Todo el mundo que los ve dice que son pareja pero no lo son. Ella es
Cristel, como sus ojos, azules como el hielo. Adam y ella se llaman entre ellos
hermano y hermana, pero el amor es innegable. El problema del asunto es que
ella tiene novio, llevan ya más de
un año, mira que debe de ser aburrido
estar tanto tiempo con la misma persona; y ese chico, con el que está saliendo es Anthony, el cual se acaba de acerca por
su espalda y la ha rodeado la cintura y justo cuando ella se ha girado la ha
besado, como si estuvieran solos, sin respeto alguno por la gente que estamos
alrededor. Mira que son empalagosos. Me pongo al lado de Adam y miro su cara,
el brillo ilusionado de sus ojos ha sido sustituido por el brillo de unas lágrimas. Le acaricio el brazo y él me mira, con interrogantes en sus pupilas, yo le
devuelvo una mirada de: “Sé lo
que te está pasando, no intentes mentirme, y
estoy aquí, recuérdalo”. Su sonrisa me dice que me ha entendido y nos
giramos para hablar con el resto del grupo.
Hablamos de cosas triviales como las meteduras de pata de los
profesores en clase, esas que se te quedan grabadas en la mente y cuando sacas
una nota baja te entran ganas de chantajearlos con esos recuerdos, pero no me
apetece que me expulsen y en mi colegio a la mínima te expulsan, o como les gusta decir a ellos: Te “invitan” a
marcharte del colegio. Pero nuestra conversación se detiene cuando aparece un chico alto, muy alto, de pelo
negro y ojos negros a juego, lleva una camiseta de Slayer, unos vaqueros y unas deportivas negras. Lo más característico
es que anda calmado, sin prisas, relajado… Y
cuando lo vemos también nos calmamos, vamos sin prisas,
nos relajamos. Joe suele causar ese efecto en todo el mundo, es aparecer y
nuestra energía fluye más calmada, en modo reserva de energía. Me gusta la sensación que nos da Joe, es un buen tío. Lo sorprendente es que es heavy. No pega, pero lo es.
Justo en el preciso momento en el que Joe y los dos tortolitos
apastelados se ha unido por completo al grupo, un coche plateado, se para
enfrente de nosotros. Una de sus puertas traseras se abre y surgen unos pies
enfundados en unas botas militares de cuero negro, seguidos por unos skiny jeans
negros, que cubren unas piernas extra-delgadas, y una chupa marrón y por último
una cabeza de la que cuelga, formando suaves ondas, un pelo marón caramelo brillante con un perfecto flequillo que
cubre uno de los ojos, de un color caramelo a juego con el pelo, y una sonrisa
de vergüenza, aunque nadie la esté mirando del grupo, a excepción de mi, claro; porque nadie se ha dado todavía cuenta de que ha llegado, yo lo se porque nuestras
almas se conocen y la mía me
avisa cada vez que ella está
cerca, que verdad, que gran verdad la que acabo de decir. Puede sonar un poco
chorra, pero nos pasa de verdad, quizá es
que conocemos nuestros olores y los identificamos, quien sabe, pero el asunto
es que nos encontramos, siempre.
Con paso tímido y
la cabeza gacha, se acerca al grupo y saluda con un hola general. Después se gira hacia mi y me tiende la mano, yo se la
estrecho gustosa. A ninguna de las dos nos gusta dar besos y abrazos, los
valoramos demasiado y no los regalamos como si de caramelitos se trataran. La
pareja de personas anónimas y Polly nos miran con cara de
pez.
-Bueno,- dice Adam para matar el silencio- ¿ya estamos todos? ¿Qué hacemos?
No ha terminado de hablar cuando el sonido de unas ruedas acercándose a nosotros hace que miremos justo hacia mi
espalda.
Y allí está Birger, con sus pantalones cantosos y brillantes su chaqueta
negra y su pelo de huevo de nada más
levantarse. Él es Birger 100%, en estado puro
las 24 horas del día. Cuando llega junto a nosotros se
para con un movimiento exacto y coge su longboard con esa naturalidad
impecable. Es genial.
Detrás de él alguien se para y puedo ver unos pantalones verde pino, es
Mitch. La verdad es que no le conozco muy bien, pero me parece un creído y esa gente no tiene mis respetos, no señor.
- Chicos. – dice Birger.
Es decir esa simple palabra, con el tono de siempre y todos reímos, estallando en carcajadas sonoras y reales, los únicos que no se ríen son
los Tres Jinetes del Aburrimiento. Panda de bobos. Y la boca de la mala pécora se abre, pero no suena un chillido como esperaba,
pero si su chirriante voz:
- Se que el resto van a estar por el Burguer, yo voy. ¿Venís?
Pero, ¿de qué resto nos está
hablando? Si los únicos que son el resto aquí son ella y sus amigos, creo que son sus amigos,
porque de Sly se que no son.
- A nosotros nos apetece patinar, así que nos vamos por la zona de rampas, que no suele
haber mucha gente…- ahí está la voz de nuestro salvador, el Mesías prometido. Como te quiero en estos momentos Birger.
La cara de la mala pécora
se contrae de una manera que creo que me va a dar pesadillas y se gira sin
decir nada. Los dos anónimos la siguen como perritos
falderos. Es tener una tía
delgada y los tíos van como moscas a la miel,
asqueroso señores, asqueroso.
Mitch y Birger cogen sus longboards bajo el brazo y suben cuesta
arriba, no se a donde van pero yo les sigo sin pensar. Noto que alguien me
llama desde mi espalda, me giro esperando que sea Sly, pero no, es Cristel
agarrada a la mano de Anthony.
- Yo me voy con ella…
OH, se me había
olvidado. Cristel y Polly son amigas, no se como una chica tan increíble como ella puede siquiera llevarse con Polly. Arpía. Mala pécora.
Veo como los dos se alejan siguiendo el culo espasmódico de Polly, lo mueve como si fuera a descoyuntarse.
Vergüenza de chica.
Yo me giro y sigo a la masa que está bastante más
adelantada, así que me tengo que echar una pequeña carrera hasta poder situarme al lado de mi mejor
amiga, justo entre ella y Sly. Ahora sí que
me siento completa.
Volvemos a hablar de temas triviales durante los cinco minutos
que dura nuestro camino y al final llegamos a la meta. Es una carretera, es
nueva así que no circulan los coches todavía. Es una cuesta increíblemente larga, Mitch y Birger están subiendo, todavía van
por la mitad y ya los veo como hormiguitas. Esos dos chicos acaban de encontrar
su paraíso. Pero que fácil es contentar a este par de chicos.
Alguien saca un móvil
y pone música. Y como moscas a la miel Joe, Adam
y Sly se acercan a nosotras, hipnotizados por la música.
La canción es
interrumpida por el sonido de ruedas acercándose,
pero esta vez es solo un long el que rueda, es Mitch que baja por completo la
cuesta y pasa más allá de nosotros, hacía la
carretera en uso.
-Pero… ¿A dónde vas?- grita Sly.
Mitch se da la vuelta en su monopatín y nos mira, pero sigue patinando, como si fuera lo más normal del mundo.
-Tengo que ir a hablar con alguien, ahora vuelvo.
Y sigue hacia delante, con su rumbo, pero desconocido para
nosotros.
¿Con
quién puñetas irá a hablar? No falta nadie, estamos
todos… Bueno, ahora que hago un chequeo
general falta Ian.
-Oye, ¿dónde está Ian?
Por las caras que ponen todos se que está en paradero desconocido. El único que no tiene cara de interrogación es Sly, así que
le miro esperando una contestación,
cosa que me da casi al instante de mirarle.
-Está cogiendo una cosa que Mitch le ha
pedido.- mira su móvil, no se si mirando la hora o
para revisar que no tenga mensajes o llamadas perdidas. Seguido levanta la
mirada como si un impulso nervioso le hubiera obligado.- Hablando del rey de Roma,
que por el camino asoma. -Y sale corriendo mientras grita un “¡BROOOO!” monumental.
Ian es el mejor amigo de Sly, entre ellos se llaman “hermanos de
diferente madre”, y realmente lo parecen, les gusta lo mismo, aunque respecto a
las clases no se parecen en nada, Ian aprueba por los pelos, bueno mejor dicho
suspende todas menos tres, pero Sly es un chico de sobresaliente vago que se
queda en el notable, en eso también
nos parecemos, pero él sigue sacando mejores notas que yo.
Cuando terminan de decirse todas esas cosas importantes que se
tienen que decir, cosas como “te quiero, tío” o
“te amaré por el resto de mi eternidad”
vuelven. Por supuesto no se han dicho nada de eso, son hombres y los hombres no
dicen esas cursiladas. Es por eso por lo que nosotras les caemos también, no hacemos esas cosas como el resto de las chicas.
En el fondo creo que nos ven como dos chicos más, cosa que no me desagrada en absoluto, prefiero que me digan
marimacho a putilla. Una cruda realidad, pero es lo que pienso.
Y seguimos a lo nuestro, nos empezamos a cambiar canciones de móvil a móvil,
es como intercambiar cromos.
Mis pensamientos se detienen cuando veo que camiseta lleva
puesta mi mejor amiga, es esa camiseta gris que tanto me gusta, con la bandera
de Gran Bretaña impresa.
-¡Pero qué camiseta más
bonita que llevas! – digo de repente, en medio de la conversación y se que solamente ella me ha entendido porque el
resto me mira con cara de pez. Esta situación me suele pasar a menudo, hablo muy rápido y la gente no me entiende… soy una incomprendida, nunca mejor dicho.
- Más lento, más lento.- me dice Adam.- Es como en clase, que estás leyendo y de repente sueltas BJHDSF.
Todos los que van a mi clase asienten y ríen, a carcajada limpia. Yo no se donde meterme, que vergüenza. Es un impulso, elimino la palabra que he dicho
mal con una marabunta de sonidos, es relajante y siempre me funciona. Pero
claro, ellos nos está acostumbrados, solo me conocen de
un año y mis rarezas son mucho más raras aún para
ellos. Y cada vez se ríen más y yo me pongo más roja
y empiezo a reírme con ellos y me muero un poco más de vergüenza,
poniéndome más roja aún. Y
así en un bucle infinito. Odio los
bucles. Y así seguimos riéndonos hasta ahogarnos de la risa. Cuando recobramos
la respiración, volvemos a hablar, de nuevo, de
los temas triviales de la vida, pero esta vez de temas musicales.
Cuando creíamos
que nadie ya vendría apareció de nuevo Mitch en su longboard junto con Mic, es el
que faltaba del trío calavera. Mic es un chico raro
pero siempre te puedes reír con
sus chorradas, es agradable tener conversaciones con él porque siempre acabas con agujetas en la tripa de
todo lo que te has reído. Noto que va hacia Mitch y le
choca la mano y le da algo en ese choque, tal y como hacen los traficantes. Y
esa pista me ha dicho lo que estaba buscando Ian para Mitch, maría. Sabía que
Mitch fumaba pero no sabía si
el resto lo hacía porque hacía mucho tiempo que no salía con ellos. Sabía que
habían estado en algunos botellones y
había sido Joe el que había comprado todo, es el único que podría
porque es el único que aparenta más de dieciocho.
Finalmente, Mitch se sienta en el bordillo y empieza a hacerse
el porro y todos le miran como embobados. No me lo puedo creer, esto es ridículo. Y exploto.
-¿Vamos a quedarnos todos mirando
cuales gilipollas como Mitch se hace un porro?
Con mi voz todos levantan la vista hacia mí. Me siento intimidada y enseguida me arrepiento de
haber hablado.
-Sinceramente, no tenemos otra cosa que hacer.- Responde
Sly, creo que es el único que me entiende.
-Bueno, sí la
hay.- dice Mitch.- He escuchado que hoy hay un botellón.
Y sus palabras levantan el ánimo a
todo el mundo menos a mi. Odio los botellones, no me gusta eso de beber para
divertirse, simplemente necesito confianza, dos risas y me vuelvo loca, como
nadie. Pero el pensamiento de ver a toda esta panda de machos ibéricos borrachos, diciendo más chorradas de lo normal, unas detrás de otras, me anima a sonreír con ellos.
- ¡AL HUEVO!- grita Mic levantando un
brazo.
Mitch se guarda su preciado tesoro y todos nos ponemos en marcha
hacia El Huevo. Es un simple parque, nosotros lo llamamos así porque tiene una cosa redonda que gira que tiene
forma de medio huevo y ya está.
Somos muy originales.
Recorremos las calles sonrientes y con un nuevo ánimo. Ahora el grupo huele a fiesta y son solo las
seis y media de la tarde. Esta tarde promete.
Mitch y Birger cogen sus longboards y recorren las calles de
lado a lado gritando con a música a
todo volumen. El resto que nos tenemos que desplazar a pie nos unimos en pequeños grupos de tres o cuatro personas y
comenzamos nuevas conversaciones triviales mientras nuestros pasos nos conducen
inconscientemente por las calles que conocemos. Sly me miró
con una duda dibujada en su rostro.
- Oye, ¿tú…?- pero algo le cortó. Era
mi móvil.
Busqué en mi bolso rápidamente. Guiándome
por mi tono de llamada: “Everybody wants
something from me” de The Pretty Reckless. Finalmente lo encontré. Me llamaba mi madre.
No debimos de hablar más de
dos minutos pero fue la peor conversación
telefónica que he tenido en mi vida. No
nos gritamos nada, ni llegamos a discutir pero fue la conversación telefónica
en la que más daño me han hecho en toda mi vida.
Mi hermano pequeño había muerto. Le han atropellado.
Y una idea se iluminó en mi
cabeza antes de volverme y andar, sola, hacia mi casa.
No le volvería a
ver sonreír.
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