viernes, 30 de agosto de 2013

Uno.


Se miró en el espejo.
Lo primero que llamó su atención fueron sus ojos, enrojecidos, haciendo contraste con su cara totalmente blanca. Continuó con su cuerpo el cual era horroroso. Estaba aún más gorda que hace un año. Estaba haciendo todo lo posible por adelgazar, pero su maldito cuerpo no encogía sino que no paraba de hincharse. Cada día un poco más.
Lentamente volvió de nuevo a sus ojos. Miró dentro de ellos, ahora siempre llorosos o demasiado secos. Miró dentro de ella e intentó buscarse a sí misma, esa chica que vivía y reía no hace mucho tiempo atrás. No la encontró. Debe de haberla mutilado.
Paró.
No tenía tiempo para esas tonterías, tenía que prepararse.
Se fue del baño hacia su habitación. Se detuvo frente a las puertas abiertas de su armario y se quedó ahí, mirando la ropa que había mutado completamente su color. Ahora todo era negro. Pantalones negros, camisas negras, vestidos negros, sudaderas negras Pero dentro de los cajones tenía todavía color. Así que abrió un cajón lentamente y la felicidad de los colores dañaron su vista por unos segundo pero lo soportó. Hoy iba a intentar ser feliz y no se lo iba a impedir nadie, ni siquiera ella misma.
Miró por encima las camisetas de aquel cajón y sintió que le dolía el pecho. Tenía que ser fuerte aquella tarde. Si no lo iba a ser por ella misma lo sería por él. Así que cerró ese cajón y abrió otro donde guardaba camisetas de grupos. Cogió la primera que estaba. Era de su grupo favorito. Se la puso sin pensar demasiado en cómo le quedaba y se puso una camisa como chaqueta. Cuanto más de ella cubriese, mejor. Abrió otro cajón donde guardaba las medias y escogió unas negras con unas llamas dibujadas en un negro más oscuro en la parte inferior de sus piernas. Odiaba el contorno de su cuerpo pero las medias lo disimulaban mucho mejor que los pantalones y no la hacían sudar tanto. De otro cajón diferente cogió un pantalón corto que en su día fue verde y perteneció a su hermana pero ella lo había teñido de negro en cuanto lo heredó. Cogió un cinturón para asegurarse de que no se le cayese mientras andaba. Se sorprendía que los pantalones de su hermana se le cayeran, ya que su hermana era muy ancha de caderas pero no más que ella misma. Ella era la abominación de la familia tanto en forma física como en mental. Entendía porqué su hermana se había mudado un mes después del accidente. Todo lo que ella apreciaba debía ser alejado de ella o sino se extinguiría.
Se movió hasta la mesilla junto a su cama donde dejaba todos sus anillos mientras estaba en casa. Lentamente se los fue colocando uno por uno. Levantó su mano izquierda y comenzó a esconderla. En el meñique un aro plano que se quedaba en la primera falange. En el anular un aro simple, su anillo más especial; después uno ancho con forma de corsé que cubría hasta la mitad del dedo. En el anular un anillo que le ocupaba todo el dedo, estaba formado por tres piezas que se articulaban para permitirle el movimiento y acababa como si fuese una garra. Y por último, en el índice se puso una tuerca muy ancha que encontró hace mucho tiempo. Después cogió su una pulsera ancha de cuero que cubría cuatro dedos de su muñeca izquierda. Levantó una vela grande de olor a melocotón que tenía sobre la mesilla y debajo estaba su cadena. Se la puso al cuello y se la metió por dentro de la camiseta. Notó un escalofrío cuando la fría pieza metálica que colgaba de la cadena le tocó la piel.
-Tranquila pequeña, dentro de poco nos divertiremos un rato tú y yo solas. – Le dijo un voz muy baja.
Salió de nuevo de su cuarto y cruzó el pasillo hasta volver al baño. Se situó enfrente del espejo y evitó mirarse el cuerpo, no quería ni ver lo mal que le quedaría la ropa. Cogió el lápiz de ojos y marcó el contorno de sus ojos de negro. Más negro en ella, mejor. Ni se preocupó en disimular el rojo alrededor de sus ojos o las marcas de las ojeras. Una cosa era maquillarse y otra era disfrazarse de alguien que sabía que no era. Aquellas imperfecciones eran las marcas que noches en vela dejaban. Noches en vela luchando en batallas siempre perdidas.
Fue a soltarse el pelo del moño, pero su mano no encontró moño que deshacer. Todavía no se había acostumbrado. Hacia unos seis meses que se había cortado el pelo y todavía tenía gestos hacia su antiguo pelo. Su melena de leona de la que estaba tan orgullosa. Ella había desaparecido y había sido sustituida por un pelo corto con un flequillo. Ese flequillo la hacía sentir segura. Con un toque de cabeza le caía sobre los ojos y era capaz de esconder su mirada de cualquiera. Cuando las lágrimas acudían era muy útil. Lo miró y sintió una pizca de orgullo por él. Era lo único de ella que merecía la pena. Había sido duro, pero tras innumerables broncas con su madre había conseguido convencerla para que le dejara teñírselo. Ahora un flequillo violeta la hacía diferente al resto. Tenía una marca de diferencia con el resto de personas que la rodeaban. Personas que vivían sus apacibles vidas de un modo tranquilo y relajado sin darse cuenta de que en cualquier momento podía ser devastada. De un plumazo, PUM, todo a la mierda. En unos minutos. En segundos. En lo que dura el golpe del coche contra el cuerpo de un niño. En lo que tarda la cabeza del niño en tocar el suelo y abrirse.
NO. Sus pensamientos no tomarían ese camino.
Hoy no.
Volvió a mirarse en el espejo y se pasó los dedos por el flequillo para colocárselo un poco. Sabía que no era guapa, de echo era fea, pero todavía no sabía controlar la genética así que tenía que acostumbrarse a lo que tenía, aunque no por mucho tiempo. Ya quedaba poco. Ya casi podía sentir una sombra encapuchada con una guadaña en su mano esperándola en la oscuridad. No le daba más de una semana. Esa era la razón de que se estuviera vistiendo aquella tarde. No dentro de muchos días se tragaría todos los botes de pastillas que los psiquiatras la habían recetado pero ella había almacenado, junto con las botellas de ginebra y whisky que había conseguido quitar a su padre del minibar sin que se diera cuenta. No sabía si sería suficiente pero siempre le quedaba una cuerda atada a su cuello como última opción. Ya no quedaba nada que la retuviese en esa apestosa existencia, o casi nada. Tenía que despedirse de la gente que una vez llamó amigos. Los mismos que se rindieron con ella. Aunque no podía echárselo en cara, ella también se habría rendido. De echo ya lo había hecho. Ya se había rendido.
Se sujetó con las dos manos al lavabo y respiró hondo. Tenía que ser fuerte esto últimos días. Se miró una vez más dentro de los ojos en el espejo y admiró como el odio la llenaba por dentro. Odio por una vida desperdiciada. Odio por una persona que no había pisado un pedal a tiempo. Odio por el destino. Odio hacia sí misma. El odio hacía que la sangre fluyera en sus venas. Era lo único que se tenía permitido sentir. Lo único que conseguía que siguiera hacia delante.
Volvió a enderezarse y se fue con paso firme de nuevo hasta su cuarto. Se agachó junto a sus Doc. Martens y se las enfundó. Sus amadas botas. Era lo único que guardaba de ella misma. Hace un tiempo pensó que podría quererlas más que a su madre, ahora estaba segura que lo hacía. Por lo menos las botas la hacían sentir bien y no la sacaban todos los defectos que tenía. Se las ató lentamente sin forzar los cordones. Se levantó de un salto y rápidamente se apoyó en la pared. Había tenido un pequeño mareo, de nuevo. En lo que duró ese pequeño mareo sintió un vacío dentro de su cabeza como si su consciencia la hubiera abandonado por unos segundos, como si hubiese conseguido escapar de ese cuerpo. Pero todo acabó demasiado rápido. Si la muerte se sentía tan placentera como sus mareos, se alegraba de que fuese a llegar pronto. Cogió su pequeña mochila, donde guardaba lo único que necesitaba para sobrevivir: su tabaco y su música.
Se encaminó al salón donde sabía que estaría su padres. Abrió lentamente la puerta esperando que estuviesen dormidos, pero la suerte nunca la sonreía. Ambos giraron su cabeza en cuanto la puerta se abrió y ella asomó simplemente la cabeza. No quería pasar, sabía que en cuanto lo hiciese su madre comenzaría a criticarla y no quería escuchar lo mismo de siempre.  Tragó saliva, inspiró hondo y habló a sus padres:
-Voy a salir.
Su madre la miró con desconfianza, dudaba de ella en todo momento. Nada de lo que hacía estaba bien o no era nunca suficiente. Daba igual lo que fuese. Nunca. Era. Suficiente.
- Entra que te veamos- dijo con las desconfianza tiñendo su voz.
Ella entró tímidamente en el salón donde estaban sus padres cada uno tumbado en un sillón. Notó cómo la mirada de su madre ascendía y descendía por su cuerpo. Juzgando cada parte de él mientas su mente rebuscaba palabras despreciables para describirla.
Allá iba:
-¿No tienes algo de ropa que no sea negra? ¿Y no podrías vestirte como las chicas de tu edad? Un poco más femenina. Un vestidito o algo así.- por el rabillo del ojo vio como su padre alzaba la mirada al techo. Esto siempre era igual de odioso. Tanto su padre como ella estaban bastante cansado de siempre la misma charla. Igualmente ella continuaba.- Deberías ponerte algo que te hiciese más delgada, eso te hace demasiado ancha Y, ¿no tienes otros zapatos? Esas malditas botas va a hacer que te salgan call
No esperó a ver como terminaba la oración. Salió del salón como un resorte cerrando la puerta de golpe. Escuchó como su madre la llamaba a gritos. Estaba harta de tener que aguantarla. Era como siempre. Como si su hijo no hubiese muerto. Como si en estos cuatro años su familia no se hubiese roto como un plato en una fiesta griega. Sin hacerla caso buscó en el mueble de la entrada la cartera de su padre, sacó el primer billete que encontró y se lo guardó en el bolsillo del pantalón. Cogió las llaves y salió por la puerta lo más rápido que pudo pero llegó a ver a su madre abriendo la puerta del salón mientras le gritaba. Cerró la puerta con otro portazo y salió corriendo escaleras abajo, no tenía tiempo de esperar el ascensor. Cuando finalmente estuvo en la calle siguió corriendo sin detenerse como si su madre fuese a bajar e ir tras de ella.
Cruzó la tercera calle y fue bajando el ritmo de su carrera. Su casa no estaba muy lejos de la plaza donde la gente solía quedar. En clase les había escuchado que quedarían a las siete donde siempre. En la plaza. Así que allí se dirigía. Nadie sabía que iba a ir. No tenía ni idea de cómo iba a reaccionar la gente. No la habían visto fuera de clase por los últimos cuatro años. La ansiedad y la duda bailaban en su estómago despertando a los nervios. ¿Y si lo que estoy haciendo no era una buena idea? ¿Y si hubiese sido mejor haberme quedado en casa leyendo? ¿Y sino me querían allí? ¿Y si? Obligó a su mente a dejar de dar vuelta a las cosas e hizo que se centrara en controlar sus pies. Mover uno detrás de otro: izquierdo, derecho, izquierdo, derecho, izquierdo Y así, como un instrumento mecanizado continuó su camino, mirando siempre al suelo. Vigilando que ninguna piedra se interpusiese en su camino, ya tenía bastantes con las que había tropezado en su vida. Se puso los cascos y subió la música hasta que no escuchó el ruido de sus pensamientos. Acopló el ritmo del movimiento de sus pies con el de la música y así fue avanzando, poco a poco. Finalmente giró la última esquina y se encontró cara a cara con la plaza. Al otro lado de la rotonda se encontraba la acera donde siempre se juntaban. Pero allí no había nadie. Miró su  móvil para comprobar la hora: 19:15. Tenían que estar por allí, nunca nadie llegaba a tiempo. Nadie. Los buscó por los alrededores. Entonces un pensamiento se coló lentamente en su cabeza. ¿Y si en estos cuatro años el lugar de siempre había cambiado? Podría ser, perfectamente. Notó que su respiración se aceleraba y que su pecho le oprimía.

Te han dejado de lado… Normal. Cualquiera lo habría hecho si fuese a quedar contigo.

Cerró los ojos con fuerza y apretó su índice y su pulgar contra sus párpados hasta que le dolió. ¡Callad! Ordenó a las voces de su cabeza mientras estas se reían de ella por su estúpido intento de acallarlas.
Cuando volvió a abrir los ojos había una mujer que la miraba fijamente preocupada. Se acercó a ella lentamente y la preguntó:
-¿Estás bien?
Ella parpadeó sorprendida. Alguien había notado que estaba allí. Alguien se había dado cuenta de su presencia. Eso era inusual. Rápidamente, antes de que la mujer se preocupase más por ella, fingió la mejor sonrisa que pudo. Aunque cualquier otra persona la habría llamado mueca. Y mientras asentía respondió:
-Tranquila, es simplemente que me duele un poco la cabeza.
La mujer pareció aceptar la respuesta ya que con una última sonrisa continuó su camino. ¿Realmente el ser humano se cree las mentiras tan fácilmente?

No se lo ha creído. Simplemente es que no le importas. No le importas a nadie.

Inspiró hondo y centró todas sus fuerzas en callar a su propia mente. Estaba luchando por ello cuando vio a un grupo de gente al otro lado de la plaza. Las voces pararon, junto con los latidos de su corazón. Los reconoció al instante. Allí estaban los que un día había llamado amigos. Caminaban en dirección contraria a la suya. Se iban alejando de la plaza hacia la carretera principal. Sus pies se movieron, sin que ella fuese consciente, siguiéndoles. Casi a la desesperada. No faltaba mucho para que sus pies se despegaran por completo del suelo y comenzara a correr de nuevo. Cuando terminó de recorrer la plaza y llegó al la calle por donde el grupo se había ido aminoró la marcha. Vio como se metían por la última calle a la derecha. Eso la confundió demasiado. Por esa zona no había nada a excepción de ¿Qué irían a hacer allí? Lo único que había en esa zona era el desguace y la única gente que iba al desguace era aquella que hacía cosas que no se debían hacer. Cosas que tienes que hacer a escondidas ya que la gente madura y responsable no lo aprueba. Cuando ella iba con ellos eran gente buena. Gente que no hacía ese tipo de cosas. Gente que lo más indecente que podían hacer era ir a un botellón. ¿Tanto han cambiado en mi ausencia?

Quizá eras tú la que no les dejaba vivir, porque eres un lastre. Incomodas a la gente, por eso te abandonan tan fácilmente. Primero tu hermano, luego tu hermana, después tus amigos…

Las palabras recorrieron su espalda como un escalofrío. Y con una sonrisa torcida las respondió en su mente. Y la siguiente en abandonar seré yo.

Vas aprendiendo, desecho.

Y con esas nuevas palabras siguió su marcha con paso firme y cabeza gacha hasta la calle que habían tomado. Y a lo lejos les vio. Exactamente. El grupo al completo estaba entrando al desguace. El viento le trajo la “música”. Hizo una mueca cuando escuchó ese ruido infernal. Si quería despedirse iba a tener que aguantar esa tortura. Iba a ser por última vez.
Siguió caminando hasta que llegó a la entrada. Una puerta de alambre metálico ya oxidada. Donde tendría que haber una cerradura había una cadena con un candado que no servía para nada. Si tirabas de una de las puertas se abría un hueco entre ellas que dejaba entrar a una persona. Por un momento dudó que de que pudiese caber. Igualmente, tomó una profunda bocanada de aire e intentó pasar mientras las voces de su cabeza cantaban:

No vas a pasar, cerdita. Porque estás más que gordita.
Tu cuerpo es obeso, siempre rompes el peso.
No lo intentes o te atascarás, puta gorda.

Hasta que su cuerpo no estuvo al otro lado de la puerta las voces no callaron. Ella continuó adentrándose en las profundidades del desguace intentando adivinar con puñetas habían conseguido sus enormes caderas habían conseguido pasar por ese espacio tan reducido. Seguro que habría pasado de lado sin haberse dado cuenta. Aunque dudaba que su tripa fuese tan fina de todos modos.
Dejó de darle vueltas a ese asunto cuando detrás de una montaña de escombros apareció el grupo. Todos estaban rodeando una cuantas mochilas ya abiertas. Dentro de ellas se podían ver unas cuantas botellas de vodka y de refrescos, otra de las mochilas estaba totalmente llena de botellines de cerveza. Había un montón de alcohol. Quizás estén celebrando algo.

Tu muerte.
AH, no… espera… No les importas tanto.

Estaba apunto de gritarle a su mente a donde se podría ir en esos momentos cuando escuchó que alguien la llamaba. Levantó la cabeza como un resorte y se sorprendió cuando se dio cuenta de que alguien del grupo se había dado cuenta de su presencia. Hoy mucha más gente de lo normal se estaba dando cuenta de que existía. Demasiada para su gusto. Poco a poco el resto del grupo giró sus cabeza para mirarla con asombro en sus miradas. Empezó a notar como sus piernas temblaban y como algo en su garganta se sacudía. No estaba acostumbrada a que tanta gente la mirara. Lo odiaba. Ni siquiera la miraban , la estaban analizando como si fuese un espécimen raro de alguna especie desconocida.
¿Tú no te das cuenta? Te lo están diciendo con la mirada. Sobras. Desecho.
Sobras. Sobras. Sobras .

Miró en sus ojos buscando algo de familiaridad pero todos la miraban tal como sus voces decían. No la querían allí, ninguno la quería allí.
El silencio se rompió cuando alguien habló:
-¿Qué haces aquí?
Esas palabras dolieron como si alguien estuviese abriendo sus cortes. Todos a la vez. Desgarrándola. Dejó que sus labios dijesen la primera oración lógica que encontrasen:
-Necesitaba salir de casa.
Todos empezaron a apartar la mirada incómodos. ¿Tanto asco les doy?, pensó. Como respuesta obtuvo cientos de afirmaciones provenientes de su oscura mente, mezcladas con las atronadoras risas de sus sombras. No necesitaba escuchar más. Sus sombras siempre le daban las respuestas, eran las únicas que nunca la mentirían. Aunque doliese, siempre decían la verdad.
- ¿Por qué no coges algo? – dijo alguien que no llegó a ver. Estaba escondido al otro lado del grupo, pero reconoció el timbre de su voz. Adam. Algo de su hospitabilidad seguía allí.
-No gracias. Voy a dar una vuelta- respondió mientras ordenaba a sus pies que se moviesen.
Lo mejor que podía hacer era escapar de allí. Lo habían dejado bien claro. Ninguno deseaba que estuviese allí. Hacía tiempo le habían hecho sentir como una más pero ahora era una extranjera. Alguien no deseado. Se sorprendió cuando sus pies chocaron con una montaña de basura metálica. Decidida a escapar de la realidad empezó a escalarla sin preocuparse por si se podía cortar. Si lo hacía mucho mejor. Coordinando pies y manos llegó hasta un sofá despeluchado que había casi en la cima. Se sentó, sacó sus cigarrillos Marlboro Light y se encendió uno con sus cerillas. Miró hacia abajo y vio que había muchos más grupos de los que había pensado. Todos ellos estaban rodeados de música, movimiento, humo y alcohol. Todos ellos desprendían vida. Justo lo que yo no quiero. A lo lejos se escuchaba a alguien cantar una buena canción. Intentó olvidar la incomodidad y centrarse en aquella voz. Estaba un poco desafinada pero la canción no dejaba de ser buena. Continuó mirando hacia abajo y se centró en el grupo más cercano a su montaña de chatarra. Era un grupo bastante numeroso. Unos cuantos de ellos se pasaban un cigarro de un tono marrón. Le llegó el asqueroso olor a sobaquillo y supo al instante que era un porro. Otros bailaban. Las chicas de forma insinuante se restregaban contra las otras o contra el chico que tuviesen más cerca de forma tentadora. Se vendían como trozos de carne. Pero al final de la noche no recibirían ningún dinero por sus servicios. Eran putas de muy baja categoría. El resto hablaban animadamente con su vasos de alcohol en la mano riendo y hablando sin problemas. Sorprendió a un chico mirando en su dirección pero en cuanto sus miradas se encontraron el bajó la vista y se unió a las risas del grupo.

No miraba en tu dirección. Nadie te mira. Das asco.

Es verdad. Nadie me mira. Doy asco.

No se ríen de una broma. Se ríen de ti. Das vergüenza.

Tienes razón. Se ríen de mí. Doy vergüenza.

ASQUEROSA. GORDA. FEA. OBESA. IMBECIL. INUTIL. DESECHO. FOCA. BASURA. NADIE TE QUIERE. A NADIE LE IMPORTAS. MUERE.
MUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUERE.

-¡CALLA! ¡JODER! ¡CALLATE!
Por una vez obedecieron y callaron.
Otra voz sonó. Pero no dentro de su mente, sino desde el exterior.
-Sé que no canto bien pero creo que tampoco es para ponerse así…- le dijo alguien que ahora se encontraba a su derecha.
Ella dejó de sujetarse la cabeza fuertemente con las manos. Abrió lentamente los ojos y se giró igual de despacio hacia la única persona que había conseguido callar a sus sombras. Le tendía una mano de forma cortés. Estaba intentando presentarse. Ella se sintió incómoda, realmente incómoda. Alguien había escuchado como hablaba con sus sombras y para colmo había conseguido callarlas.
-Soy Cedric.-  dijo el desconocido mientras seguía con la mano tendida.
Ella se atrevió a levantar su mirada hasta el rostro de él. Se sorprendió al encontrarse directamente con unos ojos descoloridos como el cielo tormentoso demasiado abiertos y que la miraban sin parpadear. Ella se arriesgó y buscó a alguien dentro del negro de sus pupilas. Pero no encontró a nadie. Se sintió a salvo dentro de esa mirada.
-Asmara.- susurró estrechándole la mano.


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Hola, el simple hecho de que hayas leído esto me hace inmensamente feliz. No esto aquí para decirte que quiero que le digas a todo el mundo que conoces que haga que lea esto. No. Solamente quiero que sepas que me encantaría que dejases tu comentario ahí abajo dando tu opinión. Da igual que la crítica sea buena o mala, de todo se aprende en esta vida. Y si quieres comentar algo que te gustaría que pasase o alguna experiencia vivida que creas que puede ayudarme a continuar al historia, ADELANTE. Estaré encantada de leerlo.

Por último, gracias por leer.

Creep.