Se miró en el espejo.
Lo primero que llamó su atención fueron sus ojos, enrojecidos,
haciendo contraste con su cara totalmente blanca. Continuó con su cuerpo el cual era horroroso.
Estaba aún más gorda que hace un año. Estaba haciendo todo lo posible por
adelgazar, pero su maldito cuerpo no encogía sino que no paraba de hincharse. Cada
día un poco más.
Lentamente volvió de nuevo a sus ojos. Miró dentro de ellos, ahora siempre
llorosos o demasiado secos. Miró
dentro de ella e intentó
buscarse a sí misma,
esa chica que vivía y reía no hace mucho tiempo atrás. No la encontró. Debe de haberla mutilado.
Paró.
No tenía tiempo para esas tonterías, tenía que prepararse.
Se fue del baño hacia su habitación. Se detuvo frente a las puertas
abiertas de su armario y se quedó ahí, mirando la ropa que había mutado completamente su color. Ahora
todo era negro. Pantalones negros, camisas negras, vestidos negros, sudaderas
negras… Pero
dentro de los cajones tenía
todavía color. Así que abrió un cajón lentamente y la felicidad de los
colores dañaron su
vista por unos segundo pero lo soportó. Hoy iba a intentar ser feliz y no se
lo iba a impedir nadie, ni siquiera ella misma.
Miró por encima las camisetas de aquel cajón y sintió que le dolía el pecho. Tenía que ser fuerte aquella tarde. Si no
lo iba a ser por ella misma lo sería por él. Así que cerró ese cajón y abrió otro donde guardaba camisetas de
grupos. Cogió la
primera que estaba. Era de su grupo favorito. Se la puso sin pensar demasiado
en cómo le quedaba y se puso una camisa como
chaqueta. Cuanto más de ella
cubriese, mejor. Abrió
otro cajón donde
guardaba las medias y escogió
unas negras con unas llamas dibujadas en un negro más oscuro en la parte inferior de sus
piernas. Odiaba el contorno de su cuerpo pero las medias lo disimulaban mucho
mejor que los pantalones y no la hacían sudar tanto. De otro cajón diferente cogió un pantalón corto que en su día fue verde y perteneció a su hermana pero ella lo había teñido de negro en cuanto lo heredó. Cogió un cinturón para asegurarse de que no se le
cayese mientras andaba. Se sorprendía que los pantalones de su hermana se
le cayeran, ya que su hermana era muy ancha de caderas pero no más que ella misma. Ella era la abominación de la familia tanto en forma física como en mental. Entendía porqué su hermana se había mudado un mes después del accidente. Todo lo que ella
apreciaba debía ser
alejado de ella o sino se extinguiría.
Se movió hasta la
mesilla junto a su cama donde dejaba todos sus anillos mientras estaba en casa.
Lentamente se los fue colocando uno por uno. Levantó
su mano izquierda y comenzó a esconderla. En el meñique
un aro plano que se quedaba en la primera falange. En el anular un aro simple,
su anillo más especial; después
uno ancho con forma de corsé que cubría hasta la
mitad del dedo. En el anular un anillo que le ocupaba todo el dedo, estaba
formado por tres piezas que se articulaban para permitirle el movimiento y
acababa como si fuese una garra. Y por último, en
el índice se puso una tuerca muy ancha que
encontró hace mucho tiempo. Después
cogió su una pulsera ancha de cuero que cubría
cuatro dedos de su muñeca izquierda. Levantó
una vela grande de olor a melocotón que tenía
sobre la mesilla y debajo estaba su cadena. Se la puso al cuello y se la metió
por dentro de la camiseta. Notó un escalofrío
cuando la fría pieza metálica
que colgaba de la cadena le tocó la piel.
-Tranquila pequeña,
dentro de poco nos divertiremos un rato tú y yo
solas. – Le dijo un voz muy baja.
Salió de nuevo de su cuarto y cruzó el pasillo hasta volver al baño. Se situó enfrente del espejo y evitó mirarse el cuerpo, no quería ni ver lo mal que le quedaría la ropa. Cogió el lápiz de ojos y marcó el contorno de sus ojos de negro. Más negro en ella, mejor. Ni se preocupó en disimular el rojo alrededor de sus
ojos o las marcas de las ojeras. Una cosa era maquillarse y otra era
disfrazarse de alguien que sabía
que no era. Aquellas imperfecciones eran las marcas que noches en vela dejaban.
Noches en vela luchando en batallas siempre perdidas.
Fue a soltarse el pelo del moño, pero su mano no encontró moño que deshacer. Todavía no se había acostumbrado. Hacia unos seis meses
que se había cortado
el pelo y todavía tenía gestos hacia su antiguo pelo. Su
melena de leona de la que estaba tan orgullosa. Ella había desaparecido y había sido sustituida por un pelo corto con
un flequillo. Ese flequillo la hacía sentir segura. Con un toque de cabeza
le caía sobre los ojos y era capaz de
esconder su mirada de cualquiera. Cuando las lágrimas acudían era muy útil. Lo miró y sintió una pizca de orgullo por él. Era lo único de ella que merecía la pena. Había sido duro, pero tras innumerables
broncas con su madre había
conseguido convencerla para que le dejara teñírselo. Ahora un flequillo violeta la
hacía diferente al resto. Tenía una marca de diferencia con el resto
de personas que la rodeaban. Personas que vivían sus apacibles vidas de un modo
tranquilo y relajado sin darse cuenta de que en cualquier momento podía ser devastada. De un plumazo, PUM,
todo a la mierda. En unos minutos. En segundos. En lo que dura el golpe del
coche contra el cuerpo de un niño.
En lo que tarda la cabeza del niño en tocar el suelo y abrirse.
NO. Sus pensamientos no tomarían ese camino.
Hoy no.
Volvió a mirarse en el espejo y se pasó los dedos por el flequillo para colocárselo un poco. Sabía que no era guapa, de echo era fea,
pero todavía no sabía controlar la genética así que tenía que acostumbrarse a lo que tenía, aunque no por mucho tiempo. Ya
quedaba poco. Ya casi podía
sentir una sombra encapuchada con una guadaña en su mano esperándola en la oscuridad. No le daba más de una semana. Esa era la razón de que se estuviera vistiendo aquella
tarde. No dentro de muchos días
se tragaría todos
los botes de pastillas que los psiquiatras la habían recetado pero ella había almacenado, junto con las botellas de
ginebra y whisky que había
conseguido quitar a su padre del minibar sin que se diera cuenta. No sabía si sería suficiente pero siempre le quedaba
una cuerda atada a su cuello como última opción. Ya no quedaba nada que la retuviese
en esa apestosa existencia, o casi nada. Tenía que despedirse de la gente que una
vez llamó amigos.
Los mismos que se rindieron con ella. Aunque no podía echárselo en cara, ella también se habría rendido. De echo ya lo había hecho. Ya se había rendido.
Se sujetó con las dos manos al lavabo y respiró hondo. Tenía que ser fuerte esto últimos días. Se miró una vez más dentro de los ojos en el espejo y
admiró como el odio la llenaba por dentro.
Odio por una vida desperdiciada. Odio por una persona que no había pisado un pedal a tiempo. Odio por el
destino. Odio hacia sí
misma. El odio hacía que la
sangre fluyera en sus venas. Era lo único que se tenía permitido sentir. Lo único que conseguía que siguiera hacia delante.
Volvió a enderezarse y se fue con paso firme
de nuevo hasta su cuarto. Se agachó junto a sus Doc. Martens y se las
enfundó. Sus
amadas botas. Era lo único
que guardaba de ella misma. Hace un tiempo pensó que podría quererlas más que a su madre, ahora estaba segura
que lo hacía. Por lo
menos las botas la hacían
sentir bien y no la sacaban todos los defectos que tenía. Se las ató lentamente sin forzar los cordones. Se
levantó de un
salto y rápidamente
se apoyó en la
pared. Había tenido
un pequeño mareo,
de nuevo. En lo que duró
ese pequeño mareo
sintió un vacío dentro de su cabeza como si su
consciencia la hubiera abandonado por unos segundos, como si hubiese conseguido
escapar de ese cuerpo. Pero todo acabó demasiado rápido. Si la muerte se sentía tan placentera como sus mareos, se
alegraba de que fuese a llegar pronto. Cogió su pequeña mochila, donde guardaba lo único que necesitaba para sobrevivir: su
tabaco y su música.
Se encaminó al salón donde sabía que estaría su padres. Abrió lentamente la puerta esperando que
estuviesen dormidos, pero la suerte nunca la sonreía. Ambos giraron su cabeza en cuanto la
puerta se abrió y ella
asomó simplemente la cabeza. No quería pasar, sabía que en cuanto lo hiciese su madre
comenzaría a
criticarla y no quería
escuchar lo mismo de siempre. Tragó saliva, inspiró hondo y habló a sus padres:
-Voy a salir.
Su madre la miró con desconfianza, dudaba de ella en todo
momento. Nada de lo que hacía
estaba bien o no era nunca suficiente. Daba igual lo que fuese. Nunca. Era. Suficiente.
- Entra que te veamos…-
dijo con las desconfianza tiñendo su voz.
Ella entró tímidamente
en el salón donde estaban sus padres cada uno
tumbado en un sillón. Notó cómo
la mirada de su madre ascendía y descendía
por su cuerpo. Juzgando cada parte de él mientas
su mente rebuscaba palabras despreciables para describirla.
Allá iba:
-¿No tienes
algo de ropa que no sea negra? ¿Y no podrías vestirte
como las chicas de tu edad? Un poco más
femenina. Un vestidito o algo así.- por el
rabillo del ojo vio como su padre alzaba la mirada al techo. Esto siempre era igual
de odioso. Tanto su padre como ella estaban
bastante cansado de siempre la misma charla. Igualmente ella continuaba.- Deberías
ponerte algo que te hiciese más delgada, eso te hace demasiado ancha
Y, ¿no tienes otros zapatos? Esas malditas
botas va a hacer que te salgan call…
No esperó a ver
como terminaba la oración. Salió del salón
como un resorte cerrando la puerta de golpe. Escuchó
como su madre la llamaba a gritos. Estaba harta de tener que aguantarla. Era
como siempre. Como si su hijo no hubiese muerto. Como si en estos cuatro años
su familia no se hubiese roto como un plato en una fiesta griega. Sin hacerla
caso buscó en el mueble de la entrada la cartera
de su padre, sacó el primer billete que encontró
y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.
Cogió las llaves y salió
por la puerta lo más rápido que
pudo pero llegó a ver a su madre abriendo la puerta
del salón mientras le gritaba. Cerró
la puerta con otro portazo y salió corriendo
escaleras abajo, no tenía tiempo de esperar el ascensor. Cuando
finalmente estuvo en la calle siguió corriendo
sin detenerse como si su madre fuese a bajar e ir tras de ella.
Cruzó la
tercera calle y fue bajando el ritmo de su carrera. Su casa no estaba muy lejos
de la plaza donde la gente solía quedar. En clase les había
escuchado que quedarían a las siete donde siempre. En la
plaza. Así que allí se dirigía.
Nadie sabía que iba a ir. No tenía
ni idea de cómo iba a reaccionar la gente. No la habían
visto fuera de clase por los últimos cuatro años.
La ansiedad y la duda bailaban en su estómago
despertando a los nervios. ¿Y si lo que estoy haciendo no
era una buena idea? ¿Y si hubiese sido mejor
haberme quedado en casa leyendo? ¿Y sino me querían allí? ¿Y si…? Obligó a su
mente a dejar de dar vuelta a las cosas e hizo que se centrara en controlar sus
pies. Mover uno detrás de otro: izquierdo, derecho, izquierdo, derecho, izquierdo… Y así, como un
instrumento mecanizado continuó su camino, mirando siempre al suelo.
Vigilando que ninguna piedra se interpusiese en su camino, ya tenía
bastantes con las que había tropezado en su vida. Se puso los
cascos y subió la música hasta
que no escuchó el ruido de sus pensamientos. Acopló
el ritmo del movimiento de sus pies con el de la música
y así fue avanzando, poco a poco. Finalmente
giró la última
esquina y se encontró cara a cara con la plaza. Al otro lado
de la rotonda se encontraba la acera donde siempre se juntaban. Pero allí
no había nadie. Miró
su móvil para
comprobar la hora: 19:15. Tenían que estar por allí,
nunca nadie llegaba a tiempo. Nadie. Los buscó por los
alrededores. Entonces un pensamiento se coló lentamente
en su cabeza. ¿Y si en
estos cuatro años el lugar de siempre había
cambiado? Podría
ser, perfectamente. Notó que su respiración
se aceleraba y que su pecho le oprimía.
Te han dejado de lado… Normal.
Cualquiera lo habría hecho si fuese a quedar contigo.
Cerró los ojos
con fuerza y apretó su índice y su
pulgar contra sus párpados hasta que le dolió.
¡Callad! Ordenó a las
voces de su cabeza mientras estas se reían de ella
por su estúpido intento de acallarlas.
Cuando volvió
a abrir los ojos había una mujer que la miraba fijamente preocupada.
Se acercó a ella lentamente y la preguntó:
-¿Estás
bien?
Ella parpadeó
sorprendida. Alguien había notado que estaba allí.
Alguien se había dado cuenta de su presencia. Eso era
inusual. Rápidamente, antes de que la mujer se
preocupase más por ella, fingió
la mejor sonrisa que pudo. Aunque cualquier otra persona la habría
llamado mueca. Y mientras asentía respondió:
-Tranquila, es simplemente que me duele
un poco la cabeza.
La mujer pareció
aceptar la respuesta ya que con una última
sonrisa continuó su camino. ¿Realmente
el ser humano se cree las mentiras tan fácilmente?
No se lo ha creído. Simplemente es que
no le importas. No le importas a nadie.
Inspiró hondo y
centró todas sus fuerzas en callar a su
propia mente. Estaba luchando por ello cuando vio a un grupo de gente al otro
lado de la plaza. Las voces pararon, junto con los latidos de su corazón. Los reconoció al instante. Allí estaban los que un día había llamado amigos. Caminaban en dirección
contraria a la suya. Se iban alejando de la plaza hacia la carretera principal.
Sus pies se movieron, sin que ella fuese consciente, siguiéndoles.
Casi a la desesperada. No faltaba mucho para que sus pies se despegaran por
completo del suelo y comenzara a correr de nuevo. Cuando terminó
de recorrer la plaza y llegó al la calle por donde el grupo se había
ido aminoró la marcha. Vio como se metían
por la última calle a la derecha. Eso la
confundió demasiado. Por esa zona no había
nada… a excepción
de… ¿Qué
irían a hacer allí?
Lo único que había
en esa zona era el desguace y la única gente
que iba al desguace era aquella que hacía cosas
que no se debían hacer. Cosas que tienes que hacer a
escondidas ya que la gente madura y responsable no lo aprueba. Cuando ella iba
con ellos eran gente buena. Gente que no hacía ese tipo
de cosas. Gente que lo más indecente que podían
hacer era ir a un botellón. ¿Tanto han
cambiado en mi ausencia?
Quizá eras tú la que no les dejaba
vivir, porque eres un lastre. Incomodas a la gente, por eso te abandonan tan
fácilmente. Primero tu hermano, luego tu hermana, después tus amigos…
Las palabras recorrieron su espalda
como un escalofrío. Y con
una sonrisa torcida las respondió en su mente. Y la siguiente en abandonar seré yo.
Vas aprendiendo, desecho.
Y con esas nuevas palabras siguió
su marcha con paso firme y cabeza gacha hasta la calle que habían
tomado. Y a lo lejos les vio. Exactamente. El grupo al completo estaba entrando
al desguace. El viento le trajo la “música”.
Hizo una mueca cuando escuchó ese ruido infernal. Si quería
despedirse iba a tener que aguantar esa tortura. Iba a ser por última
vez.
Siguió caminando
hasta que llegó a la entrada. Una puerta de alambre
metálico ya oxidada. Donde tendría
que haber una cerradura había una cadena con un candado que no servía
para nada. Si tirabas de una de las puertas se abría
un hueco entre ellas que dejaba entrar a una persona. Por un momento dudó
que de que pudiese caber. Igualmente, tomó una
profunda bocanada de aire e intentó pasar
mientras las voces de su cabeza cantaban:
No vas a pasar, cerdita. Porque estás
más que gordita.
Tu cuerpo es obeso, siempre rompes el
peso.
No lo intentes o te atascarás, puta
gorda.
Hasta que su cuerpo no estuvo al otro
lado de la puerta las voces no callaron. Ella continuó
adentrándose en las profundidades del desguace
intentando adivinar con puñetas habían
conseguido sus enormes caderas habían
conseguido pasar por ese espacio tan reducido. Seguro que habría
pasado de lado sin haberse dado cuenta. Aunque dudaba que su tripa fuese tan
fina de todos modos.
Dejó de darle
vueltas a ese asunto cuando detrás de una
montaña de escombros apareció
el grupo. Todos estaban rodeando una cuantas mochilas ya abiertas. Dentro de
ellas se podían ver unas cuantas botellas de vodka y
de refrescos, otra de las mochilas estaba totalmente llena de botellines de
cerveza. Había un montón de
alcohol. Quizás estén
celebrando algo.
Tu muerte.
AH, no… espera… No les importas tanto.
Estaba apunto de gritarle a su mente a
donde se podría ir en esos momentos cuando escuchó
que alguien la llamaba. Levantó la cabeza como un resorte y se
sorprendió cuando se dio cuenta de que alguien
del grupo se había dado cuenta de su presencia. Hoy
mucha más gente de lo normal se estaba dando
cuenta de que existía. Demasiada para su gusto. Poco a poco
el resto del grupo giró sus cabeza para mirarla con asombro en
sus miradas. Empezó a notar como sus piernas temblaban y
como algo en su garganta se sacudía. No
estaba acostumbrada a que tanta gente la mirara. Lo odiaba. Ni siquiera la
miraban , la estaban analizando como si fuese un espécimen
raro de alguna especie desconocida.
¿Tú no te das cuenta? Te lo están
diciendo con la mirada. Sobras. Desecho.
Sobras. Sobras. Sobras .
Miró en sus
ojos buscando algo de familiaridad pero todos la miraban tal como sus voces decían.
No la querían allí, ninguno
la quería allí.
El silencio se rompió
cuando alguien habló:
-¿Qué
haces aquí?
Esas palabras dolieron como si alguien
estuviese abriendo sus cortes. Todos a la vez. Desgarrándola.
Dejó que sus labios dijesen la primera
oración lógica que
encontrasen:
-Necesitaba salir de casa.
Todos empezaron a apartar la mirada incómodos.
¿Tanto asco les doy?, pensó. Como
respuesta obtuvo cientos de afirmaciones provenientes de su oscura mente,
mezcladas con las atronadoras risas de sus sombras. No necesitaba escuchar más.
Sus sombras siempre le daban las respuestas, eran las únicas
que nunca la mentirían. Aunque doliese, siempre decían
la verdad.
- ¿Por qué
no coges algo? – dijo alguien que no llegó a ver.
Estaba escondido al otro lado del grupo, pero reconoció
el timbre de su voz. Adam. Algo de su hospitabilidad seguía
allí.
-No… gracias.
Voy a dar una vuelta…- respondió
mientras ordenaba a sus pies que se moviesen.
Lo mejor que podía
hacer era escapar de allí. Lo habían dejado
bien claro. Ninguno deseaba que estuviese allí. Hacía
tiempo le habían hecho sentir como una más
pero ahora era una extranjera. Alguien no deseado. Se sorprendió
cuando sus pies chocaron con una montaña de
basura metálica. Decidida a escapar de la realidad
empezó a escalarla sin preocuparse por si se
podía cortar. Si lo hacía
mucho mejor. Coordinando pies y manos llegó hasta un
sofá despeluchado que había
casi en la cima. Se sentó, sacó sus
cigarrillos Marlboro Light y se encendió uno con
sus cerillas. Miró hacia abajo y vio que había
muchos más grupos de los que había
pensado. Todos ellos estaban rodeados de música,
movimiento, humo y alcohol. Todos ellos desprendían vida. Justo lo que yo no quiero. A lo lejos se
escuchaba a alguien cantar una buena canción. Intentó
olvidar la incomodidad y centrarse en aquella voz. Estaba un poco desafinada
pero la canción no dejaba de ser buena. Continuó
mirando hacia abajo y se centró en el grupo más
cercano a su montaña de chatarra. Era un grupo bastante
numeroso. Unos cuantos de ellos se pasaban un cigarro de un tono marrón.
Le llegó el asqueroso olor a sobaquillo y supo
al instante que era un porro. Otros bailaban. Las chicas de forma insinuante se
restregaban contra las otras o contra el chico que tuviesen más
cerca de forma tentadora. Se vendían como
trozos de carne. Pero al final de la noche no recibirían
ningún dinero por sus servicios. Eran putas
de muy baja categoría. El resto hablaban animadamente con
su vasos de alcohol en la mano riendo y hablando sin problemas. Sorprendió
a un chico mirando en su dirección pero en
cuanto sus miradas se encontraron el bajó la vista
y se unió a las risas del grupo.
No miraba en tu dirección. Nadie te
mira. Das asco.
Es verdad.
Nadie me mira. Doy asco.
No se ríen de una broma. Se ríen de ti.
Das vergüenza.
Tienes razón. Se ríen de mí. Doy vergüenza.
ASQUEROSA.
GORDA. FEA. OBESA. IMBECIL. INUTIL. DESECHO. FOCA. BASURA. NADIE TE QUIERE. A
NADIE LE IMPORTAS. MUERE.
MUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUEREMUERE.
-¡CALLA! ¡JODER!
¡CALLATE!
Por
una vez obedecieron y callaron.
Otra
voz sonó. Pero no dentro de su mente, sino
desde el exterior.
-Sé
que no canto bien pero creo que tampoco es para ponerse así…-
le dijo alguien que ahora se encontraba a su derecha.
Ella
dejó de sujetarse la cabeza fuertemente con
las manos. Abrió lentamente los ojos y se giró
igual de despacio hacia la única persona que había
conseguido callar a sus sombras. Le tendía una mano
de forma cortés. Estaba intentando presentarse. Ella
se sintió incómoda,
realmente incómoda. Alguien había
escuchado como hablaba con sus sombras y para colmo había
conseguido callarlas.
-Soy
Cedric.- dijo el desconocido
mientras seguía con la mano tendida.
Ella
se atrevió a levantar su mirada hasta el rostro
de él. Se sorprendió
al encontrarse directamente con unos ojos descoloridos como el cielo tormentoso
demasiado abiertos y que la miraban sin parpadear. Ella se arriesgó
y buscó a alguien dentro del negro de sus
pupilas. Pero no encontró a nadie. Se sintió
a salvo dentro de esa mirada.
-Asmara.-
susurró estrechándole la
mano.
* * * *
Hola, el simple hecho de que hayas leído esto me hace inmensamente feliz. No esto aquí para decirte que quiero que le digas a todo el mundo que conoces que haga que lea esto. No. Solamente quiero que sepas que me encantaría que dejases tu comentario ahí abajo dando tu opinión. Da igual que la crítica sea buena o mala, de todo se aprende en esta vida. Y si quieres comentar algo que te gustaría que pasase o alguna experiencia vivida que creas que puede ayudarme a continuar al historia, ADELANTE. Estaré encantada de leerlo.
Por último, gracias por leer.
Creep.